“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.”
La misma mano bajo la cual te humillas es la que te sostiene. Inclinarte ahí es el lugar más seguro del mundo.
Humillarse es confianza en movimiento: sueltas el control porque sabes quién te sostiene.
La exaltación tiene fecha, pero en el calendario de Dios, no en el tuyo. Esperar con él nunca es tiempo perdido.
El versículo siguiente completa la invitación: echa sobre él toda tu ansiedad. La humildad también es dejar que Dios cargue el peso.
La semilla pasa una temporada escondida en la tierra antes de la cosecha. La etapa baja no es abandono; es preparación.
Actúa: antes del desayuno, abre las manos, nombra tu mayor preocupación y ponla bajo la mano de Dios por hoy.