“Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré.”
David decidió que la primera conversación del día sería con Dios. Antes de cualquier otra voz, la tuya sube al trono.
La mañana marca el tono de todo lo que sigue. Quien ora primero no pasa el día corriendo detrás.
En el hebreo, "presentarse" es el verbo del sacerdote que ordena el altar. La oración no es improvisación; es una ofrenda preparada con esmero.
David ora y luego vigila, como quien de verdad espera que Dios actúe. La fe habla y se queda con los ojos abiertos.
"De mañana oirás mi voz" no es un deseo; es certeza. Tu voz no se pierde en el camino hacia Dios.
Actúa: antes del desayuno, haz una oración en voz alta y anota una petición. Por la noche, vuelve y mira lo que Dios hizo.