“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.”
Pablo escoge a propósito los gestos más comunes. Si hasta la comida puede glorificar a Dios, nada de tu rutina queda fuera.
La gloria de Dios simplifica la vida: se vuelve el criterio de cada decisión, del contrato grande al correo pequeño.
La Biblia no separa el domingo de la oficina. Todo — trabajo, casa, mesa — es territorio de adoración.
Dos personas hacen la misma tarea; solo Dios ve para quién trabaja cada una. La gloria empieza en la intención.
Cuando llegue el logro, devuélvelo en alabanza. La gloria retenida se vuelve orgullo; la devuelta, adoración.
Actúa: antes del primer bocado de hoy, da gracias en voz alta y dedica a Dios todo lo que vas a comer, beber y hacer.