“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”
Confesar es traer a la luz lo que estaba escondido. Es justo ahí donde obra la gracia.
El perdón descansa en el carácter de Dios, no en la calidad de tu arrepentimiento. La promesa es suya.
Dios es justo al perdonar porque la cruz ya pagó la cuenta. El perdón no es mirar a otro lado; es deuda saldada.
"De toda maldad", no de casi toda. Cuando Dios limpia, no queda residuo.
La distancia crece en la demora. Confiesa pronto: la comunión con Dios vale más que el orgullo.
Actúa: antes del desayuno, confiesa a Dios un pecado específico en voz alta, y dale gracias, también en voz alta, porque ya estás limpio.