“Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.”
La medida no es el tamaño de la ofensa, sino el de la cruz. Perdonamos según fuimos perdonados.
La vida en comunidad produce roces. Pablo no promete relaciones sin quejas; enseña qué hacer con ellas.
Quien olvida cuánto le fue perdonado, cobra caro a los demás. La memoria de la gracia ablanda el corazón.
El perdón no empieza como sentimiento; empieza como decisión. Las emociones maduran después, como fruto.
Guardar rencor es cargar piedra ajena cuesta arriba. Perdonar es soltar el peso y descubrir que el preso eras tú.
Actúa: antes del desayuno, di en voz baja el nombre de quien te hirió y ora: "Señor, suelto esta deuda como tú soltaste la mía."